Iberoamerican Business Journal
Vol 10 N° 1 | Julio 2026 p. 145 - 166 ISSN:2521-5817 DOI: http://dx.doi.org/10.22451/5817.ibj2026.vol10.1.11016
Descripción del autor:
Yulios Reyner Muñoz Garay Estudiante de la Universidad Científica del Sur, Perú.
Andrea Angela Albino Prado Estudiante de la Universidad Científica del Sur, Perú.
Franz Enrique Tapia Sullón Estudiante de la Universidad Científica del Sur, Perú.
Andrea Karol Gutierrez Malca Estudiante de la Universidad Científica del Sur, Perú.
Yulios Reyner Muñoz Garay 1, Andrea Angela Albino Prado 2 , Franz Enrique Tapia Sullón 3, Andrea Karol Gutierrez Malca 4
1 Universidad Científica del Sur, Perú (100161102@científica.edu.pe) ; 2 Universidad Científica del Sur, Perú (email@institucion.com) ; 3 Universidad Científica del Sur, Perú (email@institucion.com) ; 4 Universidad Científica del Sur, Perú (email@institucion.com)
La investigación evaluó el nivel de educación financiera en 42 estudiantes de pregrado de la Universidad Científica del Sur (18 a 23 años) durante los periodos 2025-I y 2025-II. Se empleó un enfoque cuantitativo descriptivo con un cuestionario de 10 ítems basado en la escala de Likert. Los resultados evidenciaron un nivel moderado de educación financiera: los estudiantes dominan conceptos básicos, pero presentan dificultades para ahorrar, elaborar presupuestos y comprender temas técnicos como el interés simple. Además, la familia constituye la principal fuente de aprendizaje financiero, mientras que la universidad tiene una participación limitada en esta formación.
Palabra clave: Educación financiera, estudiantes universitarios, comportamiento financiero, conocimientos económicos, ahorro.
Recibido: 02 de Julio del 2026. Aceptado: 04 de Julio del 2026. Publicado: 31 de Julio
2026
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The study assessed the level of financial literacy among 42 undergraduate students at the Universidad Científica del Sur (ages 18 to 23) during the 2025-I and 2025-II semesters. A descriptive quantitative approach was used, employing a 10-item questionnaire based on the Likert scale. The results showed a moderate level of financial literacy: students have a good grasp of basic concepts but struggle with saving, budgeting, and understanding technical topics such as simple interest. Furthermore, the family is the primary source of financial education, while the university plays a limited role in this training.
Keywords: Financial literacy, college students, financial behavior, economic knowledge, saving.
La educación financiera se ha consolidado como una herramienta indispensable para que las personas tomen decisiones informadas sobre sus ingresos, gastos, ahorros y deudas. En el contexto actual, los jóvenes tienen contacto cada vez más temprano con productos y servicios financieros tarjetas de débito, billeteras digitales, créditos de consumo, compras por internet y aplicaciones bancarias, por lo que contar con conocimientos básicos sobre finanzas personales ha dejado de ser opcional para convertirse en una necesidad para desenvolverse con seguridad en la vida diaria. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, 2023) señala que la educación financiera permite desarrollar conocimientos, actitudes y comportamientos que mejoran la toma de decisiones económicas y el bienestar financiero de las personas.
En el caso de los jóvenes universitarios, este tema adquiere una relevancia particular, ya que muchos se encuentran en una etapa de transición hacia la
independencia económica. Durante la vida universitaria, los estudiantes comienzan a administrar gastos relacionados con transporte, alimentación, materiales académicos, actividades sociales y, en ocasiones, pequeños endeudamientos. Sin embargo, no siempre cuentan con la preparación suficiente para asumir estas responsabilidades de manera responsable. González (2020) advierte que los jóvenes universitarios constituyen un grupo vulnerable, pues suelen enfrentarse por primera vez a decisiones financieras importantes sin haber recibido una formación mínima en esta área.
En el Perú, esta carencia es especialmente crítica. Según la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS, 2024), solo el 13% de los peruanos alcanza un nivel suficiente de educación financiera, lo que evidencia que la mayoría de la población presenta dificultades para manejar conceptos básicos como el interés, la inflación o la elaboración de presupuestos. La Encuesta de Medición de Capacidades Financieras Perú 2022 (SBS & CAF, 2022) confirmó limitaciones significativas en los conocimientos, actitudes y comportamientos financieros de la población peruana, afectando de manera particular a los jóvenes, quienes ingresan al sistema financiero sin la preparación adecuada.
A pesar de la importancia del tema, no se han encontrado investigaciones previas que midan específicamente el nivel de educación financiera en los estudiantes de la Universidad Científica del Sur (UCSUR) entre 18 y 23 años. Tampoco se conoce con claridad cuáles son sus hábitos de ahorro, qué fuentes de información utilizan, qué errores financieros son más frecuentes o qué tan relevante perciben el rol de la universidad en su formación financiera. Esta falta de diagnóstico impide diseñar estrategias institucionales adaptadas a las necesidades reales de los estudiantes.
Por ello, la presente investigación tiene como objetivo general determinar el nivel de educación financiera en los estudiantes de pregrado de la Universidad Científica del Sur, entre 18 y 23 años, durante los periodos académicos 2025-I y 2025-
Para alcanzar este objetivo, se han considerado tres dimensiones de análisis: (1) conocimientos básicos de educación financiera, (2) comportamiento financiero personal y (3) fuentes de aprendizaje financiero. Este enfoque multidimensional permite analizar el problema de forma integral, observando no solo lo que los estudiantes conocen, sino también cómo aplican esos conocimientos en su vida cotidiana y de dónde proviene su formación financiera (OECD, 2023; SBS & CAF, 2022).
La educación financiera ha sido definida por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, 2023) como un proceso mediante el cual las personas desarrollan conocimientos, actitudes y comportamientos que les permiten tomar decisiones económicas informadas y mejorar su bienestar financiero. Esta definición subraya que la educación financiera no se limita a la transmisión de conceptos teóricos, sino que implica una competencia práctica que influye directamente en la autonomía económica, la prevención del endeudamiento y la planificación del futuro.
En la misma línea, Rehman y Mia (2024) sostienen que la educación financiera es un fenómeno multidimensional, ya que depende de factores personales, sociales, económicos, psicológicos y tecnológicos. Esta perspectiva ampliada resulta especialmente relevante para comprender por qué los niveles de alfabetización financiera varían entre individuos y contextos, y por qué la mera exposición a información financiera no siempre se traduce en comportamientos responsables.
Diversos estudios han puesto de manifiesto que los jóvenes universitarios constituyen un grupo especialmente vulnerable en materia de educación financiera. González (2020) señala que estos estudiantes suelen enfrentarse por primera vez a decisiones financieras importantes sin contar con una formación mínima en esta área, lo que los expone a riesgos como el sobreendeudamiento o la falta de planificación. Cappelli, Banks y Gardner (2024) añaden que los estudiantes universitarios enfrentan presiones económicas particulares derivadas de los gastos asociados a la vida académica transporte, alimentación, materiales, actividades sociales y que el manejo del dinero puede influir en su salud mental, bienestar y desempeño académico.
En el contexto peruano, Montoya et al. (2022) encontraron que la falta de educación financiera en estudiantes universitarios puede relacionarse con prácticas de endeudamiento poco responsables, como el uso excesivo de tarjetas de crédito o la recurrencia a préstamos informales. Esta situación resulta preocupante porque las malas decisiones financieras tomadas durante la juventud pueden tener
consecuencias a largo plazo, afectando la capacidad de ahorro, la estabilidad económica y el acceso futuro a créditos formales.
Estudios recientes han medido el nivel de educación financiera en estudiantes universitarios peruanos con resultados consistentes. Ramos Zaga (2025) encontró niveles aceptables de educación financiera en estudiantes de una universidad privada de Lima, aunque con variaciones según características académicas. Romero Mendoza (2024) identificó que los estudiantes universitarios de Cajamarca presentan un nivel moderado de educación financiera, mientras que Cáceres y Meza (2024) reportaron que la mayoría de universitarios del Cusco alcanzaba un nivel medio de conocimientos financieros. Estos hallazgos sugieren que, si bien existe una base conceptual, aún persisten brechas significativas.
A nivel regional, la educación financiera sigue siendo un desafío pendiente. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID, 2024) ha señalado que América Latina mantiene dificultades importantes en materia de inclusión y educación financiera, especialmente en poblaciones jóvenes y sectores con menor acceso a servicios financieros formales. Méndez Prado et al. (2022), en una revisión sistemática, sostienen que los bajos niveles de educación financiera en América Latina y el Caribe representan un problema crítico dentro de un contexto económico marcado por la incertidumbre, la desigualdad y los cambios constantes.
En el Perú, los datos oficiales confirman esta tendencia. Según la Superintendencia de Banca, Seguros y AFP (SBS, 2024), solo el 13% de los peruanos alcanza un nivel suficiente de educación financiera. La Encuesta de Medición de Capacidades Financieras Perú 2022, elaborada por la SBS y CAF, evidenció limitaciones en los conocimientos, actitudes y comportamientos financieros de la población peruana (SBS & CAF, 2022). Esta realidad afecta de manera particular a los jóvenes, quienes muchas veces ingresan al sistema financiero sin contar con una preparación adecuada.
La Alliance for Financial Inclusion (2024) indica que la educación financiera en América Latina y el Caribe se ha convertido en una prioridad para fortalecer la inclusión financiera y mejorar la toma de decisiones económicas de la población. No obstante, las estrategias implementadas programas educativos, campañas
informativas y políticas de inclusión presentan resultados desiguales, con brechas en cobertura, evaluación e impacto.
Uno de los hallazgos más reiterados en la literatura es la diferencia entre el conocimiento financiero y su aplicación práctica. Lusardi, Mitchell y Curto (2010) sostienen que muchos jóvenes presentan conocimientos financieros limitados, especialmente en aspectos relacionados con tasas de interés, inflación y diversificación del riesgo. Sin embargo, incluso cuando existe comprensión teórica, la adopción de hábitos financieros responsables no es automática. Ticona y Ticona (2023) afirman que el conocimiento financiero influye significativamente en las prácticas financieras de los estudiantes universitarios, pero su aplicación cotidiana continúa representando un desafío.
Esta brecha entre conocimiento y acción ha sido documentada en diversos contextos. Lusardi y Mitchell (2023) consideran que la educación financiera constituye una forma de capital humano que influye directamente en el bienestar económico y en la calidad de las decisiones financieras. Desde esta perspectiva, los autores enfatizan que fortalecer la educación financiera durante la etapa universitaria podría favorecer una mejor preparación de los estudiantes para enfrentar responsabilidades económicas futuras.
Aliaga Morales (2025) destaca que la educación financiera es una herramienta fundamental para fortalecer la gestión de recursos y la toma de decisiones económicas responsables en los jóvenes universitarios. De manera similar, Galarza Arellano (2023) encontró que los programas de educación financiera fortalecen los conocimientos económicos y promueven conductas relacionadas con el ahorro y la planificación de recursos.
La literatura ha identificado que la familia cumple un papel central en la formación financiera de los jóvenes. Rehman y Mia (2024) consideran que los factores sociales son determinantes en el desarrollo de la educación financiera, mientras que Cappelli et al. (2024) destacan que el apoyo familiar y social puede influir en las prácticas de administración del dinero en estudiantes universitarios. Quispe Canaza
(2023) encontró que la comunicación familiar mantiene una relación significativa con la educación financiera de los estudiantes universitarios, lo que evidencia que muchas de las ideas, costumbres y prácticas relacionadas con el manejo del dinero se aprenden primero en el hogar.
No obstante, depender principalmente de la familia puede generar diferencias entre los estudiantes, ya que no todos provienen de entornos donde se habla abiertamente sobre ahorro, presupuesto, créditos o planificación económica. Norabuena y Puchoc (2024) destacan la influencia de los factores socioeconómicos y del entorno cercano en el desarrollo de capacidades financieras, lo que refuerza la importancia del núcleo familiar como agente de aprendizaje, pero también evidencia sus limitaciones.
En este contexto, las universidades tienen una responsabilidad formativa insustituible. Rodríguez-Correa et al. (2025) señalan que los estudios sobre educación financiera en universitarios pueden servir como base para que las instituciones educativas diseñen programas, talleres o estrategias adaptadas a las necesidades reales de sus estudiantes. Los autores añaden que todavía existen aspectos poco estudiados en los jóvenes universitarios, como la elaboración de presupuestos, el uso de tarjetas de crédito, los préstamos estudiantiles y las herramientas financieras digitales.
Finalmente, la creciente digitalización de los servicios financieros plantea nuevos desafíos y oportunidades. Actualmente, muchos estudiantes realizan pagos por aplicaciones, transferencias bancarias, compras en línea o consultas desde el celular. Clarence y Pertiwi (2023) encontraron que la alfabetización financiera digital influye en el comportamiento de ahorro, gasto e inversión de los estudiantes que usan servicios bancarios digitales. Esto implica que la educación financiera actual debe integrar tanto conocimientos tradicionales como habilidades digitales para responder a las necesidades de los jóvenes en un entorno financiero en constante transformación.
En síntesis, la literatura revisada evidencia que los estudiantes universitarios presentan niveles moderados de educación financiera, con brechas significativas entre el conocimiento teórico y la aplicación práctica. La familia emerge como la
principal fuente de aprendizaje, mientras que el rol formativo de la universidad es limitado y requiere ser fortalecido mediante estrategias pedagógicas específicas. La presente investigación se inscribe en esta línea de estudios, con el propósito de determinar el nivel de educación financiera en estudiantes de la Universidad Científica del Sur, contribuyendo así al diagnóstico y diseño de intervenciones pertinentes para el contexto peruano.
El presente estudio fue realizado con un enfoque cuantitativo, orientado a medir de manera numérica y objetiva la autopercepción del conocimiento financiero en jóvenes universitarios, bajo un alcance descriptivo, dado que su propósito es detallar el nivel de educación financiera, los hábitos de ahorro y las principales brechas en esta población, sin manipular ninguna variable estudiada.
La población objetivo estuvo conformada por estudiantes de pregrado matriculados en la Universidad Científica del Sur durante el periodo académico 2025-I/II, específicamente aquellos en el rango etario de 18 a 23 años. Dado que no se contó con acceso al registro total de estudiantes que cumplen este perfil, se empleó un muestreo no probabilístico por conveniencia, obteniendo una muestra de 42 participantes que aceptaron participar de forma voluntaria.
Para la recolección de datos se utilizó como instrumento un cuestionario estructurado de 10 ítems, elaborado en la plataforma Google Forms por su accesibilidad y facilidad de uso para los encuestados. El cuestionario fue diseñado bajo la escala de Likert de cinco puntos, donde 1 equivale a "Totalmente en desacuerdo" y 5 a "Totalmente de acuerdo", y se organizó en tres dimensiones: conocimientos básicos de educación financiera (conceptos de interés, inflación y clasificación del gasto), comportamiento financiero personal (presupuesto, ahorro y gestión de deudas) y fuentes de aprendizaje financiero (universidad, familia y autoprendizaje). Cabe precisar que, dado el uso de la escala Likert, el instrumento mide la autopercepción de los estudiantes respecto a su conocimiento y comportamiento financiero, no el conocimiento objetivo en sí. Dicho análisis se realizó mediante estadística descriptiva en Microsoft Excel, empleando tablas de frecuencia, promedios por dimensión y gráficos de porcentajes, con el fin de clasificar los niveles
de autopercepción financiera de la muestra e identificar las principales brechas educativas en la población estudiada.
A partir de los 42 cuestionarios aplicados a estudiantes de la Universidad Científica del sur entre 18 y 23 años, se identifican tres hallazgos principales. En primer lugar, los estudiantes muestran un conocimiento teórico básico aceptable. La dimensión de conocimientos financieros obtuvo el promedio más alto (3.72 sobre 5), lo que indica que la mayoría de los encuestados entiende conceptos como la inflación y sabe distinguir entre un gasto necesario y uno prescindible. Sin embargo, el concepto de interés simple obtuvo una puntuación más baja (3.31), lo que sugiere que, si bien existe una noción general sobre finanzas, los conceptos más técnicos representan aún una dificultad para esta población. Este resultado coincide con lo señalado por Ramos Zaga (2025), quien encontró niveles aceptables de educación financiera en estudiantes de una universidad privada de Lima. Asimismo, Romero Mendoza (2024) identificó que los estudiantes universitarios presentan un nivel moderado de educación financiera, mientras que Cáceres y Meza (2024) reportaron que la mayoría de universitarios evaluados alcanzaba un nivel medio de conocimientos financieros.
En segundo lugar, los estudiantes reconocen lo que deben hacer, pero no lo practican. La dimensión de comportamiento financiero obtuvo un promedio de 3.30, y dentro de ella destaca que los estudiantes sí tienden a evitar deudas que no pueden pagar (3.86). No obstante, el ahorro constante (2.98) y la elaboración de un presupuesto mensual (3.05) obtuvieron puntajes bajos, ambos por debajo del punto neutro de la escala. Esto refleja una brecha entre el conocimiento y la acción: los estudiantes saben que deben ahorrar y planificar, pero en la práctica no lo hacen con regularidad. En este sentido, Ticona y Ticona (2023) sostienen que el conocimiento financiero influye significativamente en las prácticas financieras de los estudiantes universitarios; sin embargo, su aplicación cotidiana continúa representando un desafío. Del mismo modo, Aliaga Morales (2025) destaca que la educación financiera es una herramienta fundamental para fortalecer la gestión de recursos y la toma de decisiones económicas responsables en los jóvenes universitarios.
En tercer lugar, la universidad no es percibida como una fuente de formación financiera. La dimensión de fuentes de aprendizaje fue la más baja (3.07), y el ítem
más crítico fue precisamente la formación recibida dentro de la Universidad Científica del sur, con un promedio de apenas 2.55, el más bajo de toda la encuesta. En contraste, la familia fue señalada como la principal fuente de aprendizaje financiero (3.55), lo que evidencia que este conocimiento se transmite principalmente en el entorno del hogar y no a través de la institución educativa. Este hallazgo coincide con Quispe Canaza (2023), quien encontró que la comunicación familiar mantiene una relación significativa con la educación financiera de los estudiantes universitarios. Asimismo, Norabuena y Puchoc (2024) destacan la influencia de los factores socioeconómicos y del entorno cercano en el desarrollo de capacidades financieras, lo que refuerza la importancia del núcleo familiar como agente de aprendizaje financiero. En conjunto, estos antecedentes evidencian la necesidad de que las universidades fortalezcan la educación financiera mediante estrategias formativas que complementen los conocimientos adquiridos en el ámbito familiar.
Los resultados de la investigación revelaron que el nivel de alfabetización financiera de los estudiantes de la Universidad Científica del Sur es moderado. Si bien muchos estudiantes están familiarizados con conceptos financieros básicos, como la inflación y la diversificación de activos, siguen teniendo dificultades para comprender temas más complejos, como el interés compuesto. Estos resultados sugieren que, si bien los estudiantes comprenden los conceptos financieros cotidianos, aún les cuesta aplicar esos conocimientos a un razonamiento financiero más avanzado. Esto queda patente en el hecho de que gran parte de sus conocimientos financieros no proviene
de una educación sistemática, sino de sus propias experiencias de vida y de las de sus familias.
Estos hallazgos coinciden con lo señalado por Lusardi, Mitchell y Curto (2010), quienes sostienen que muchos jóvenes presentan conocimientos financieros limitados, especialmente en aspectos relacionados con tasas de interés, inflación y diversificación del riesgo. Asimismo, los autores destacan que el contexto familiar desempeña un papel importante en el desarrollo de estas competencias. En ese sentido, los resultados obtenidos en esta investigación refuerzan la idea de que el aprendizaje financiero de los universitarios depende de diversos factores y no únicamente de la educación formal recibida.
Por otra parte, uno de los aspectos más relevantes identificados en el estudio fue la diferencia entre el conocimiento financiero y su aplicación en la vida cotidiana. Aunque una parte importante de los estudiantes reconoce la importancia del ahorro y de la planificación económica, muchos manifestaron no elaborar presupuestos mensuales ni mantener hábitos constantes de ahorro. Esta situación evidencia que conocer conceptos financieros no garantiza, por sí solo, la adopción de conductas económicas responsables. En consecuencia, la educación financiera debe entenderse no solo como la adquisición de conocimientos teóricos, sino también como el desarrollo de habilidades y hábitos que permitan administrar adecuadamente los recursos económicos y tomar decisiones informadas.
Esta interpretación guarda relación con lo planteado por Lusardi y Mitchell (2023), quienes consideran que la educación financiera constituye una forma de capital humano que influye directamente en el bienestar económico y en la calidad de las decisiones financieras. Desde esta perspectiva, los resultados del presente estudio permiten inferir que fortalecer la educación financiera durante la etapa universitaria podría favorecer una mejor preparación de los estudiantes para enfrentar responsabilidades económicas futuras.
Asimismo, los resultados son consistentes con la investigación de Ramos Zaga (2025), quien concluyó que la educación financiera representa una competencia esencial para el bienestar económico de los estudiantes universitarios y que su nivel puede variar de acuerdo con determinadas características académicas. Del mismo modo, Galarza Arellano (2023) encontró que los programas de educación financiera
fortalecen los conocimientos económicos y promueven conductas relacionadas con el ahorro y la planificación de los recursos. En conjunto, estas investigaciones respaldan la importancia de incorporar espacios de formación financiera dentro de las instituciones de educación superior como una estrategia para fortalecer las competencias económicas de los jóvenes.
No obstante, es importante considerar algunas limitaciones del presente estudio. La investigación se desarrolló únicamente con estudiantes de la Universidad Científica del Sur, por lo que los resultados no pueden generalizarse a toda la población universitaria peruana. Además, la información fue obtenida mediante encuestas de autorreporte, lo que implica que las respuestas podrían estar influenciadas por la percepción o sinceridad de los participantes. Estas limitaciones representan una oportunidad para que futuras investigaciones amplíen la muestra, incluye universidades con diferentes características y empleen metodologías complementarias que permitan obtener una comprensión más amplia de la educación financiera en el contexto universitario.
Finalmente, los hallazgos evidencian la necesidad de fortalecer la educación financiera dentro de la Universidad Científica del Sur mediante estrategias orientadas no solo a transmitir conocimientos, sino también a fomentar hábitos financieros responsables. La implementación de talleres, programas formativos y actividades prácticas podría contribuir a mejorar la capacidad de los estudiantes para administrar sus recursos, prevenir situaciones de sobreendeudamiento y planificar adecuadamente sus finanzas personales. En consecuencia, promover la educación financiera desde el ámbito universitario constituye una medida que favorece tanto el desarrollo académico como el bienestar económico de los futuros profesionales.
A partir de los resultados obtenidos, se concluye que los estudiantes de la Universidad Científica del Sur entre 18 y 23 años presentan un nivel moderado de educación financiera. Esto significa que, en general, los jóvenes tienen una base aceptable para comprender temas relacionados con el dinero, como la inflación, la diferencia entre gastos necesarios y prescindibles, y la importancia de evitar deudas que superen su capacidad de pago. Sin embargo, este conocimiento todavía no puede
considerarse completamente sólido, ya que se evidencian dificultades en conceptos más técnicos, como el interés simple, lo cual demuestra que existen vacíos que podrían afectar la toma de decisiones financieras en situaciones reales.
Una de las conclusiones más importantes de la investigación es que existe una diferencia clara entre lo que los estudiantes saben y lo que realmente aplican en su vida diaria. Aunque muchos reconocen la importancia de ahorrar, organizar sus ingresos y controlar sus gastos, los resultados muestran que el ahorro constante y la elaboración de presupuestos mensuales no son hábitos plenamente desarrollados. Esta situación refleja que la educación financiera no debe limitarse únicamente a conocer conceptos, sino que debe ayudar a convertir ese conocimiento en acciones concretas y sostenibles. Saber que ahorrar es importante no siempre significa poder hacerlo, sobre todo cuando los estudiantes enfrentan gastos cotidianos, limitaciones económicas o falta de orientación práctica.
También se concluye que los estudiantes muestran una actitud relativamente responsable frente al endeudamiento. El puntaje alto en la dimensión relacionada con evitar deudas que superen la capacidad de pago indica que la mayoría tiene cierta conciencia sobre los riesgos de comprometerse con obligaciones económicas que luego podrían ser difíciles de cumplir. Este hallazgo es positivo, porque demuestra que los jóvenes no están completamente alejados de una conducta financiera prudente. No obstante, esta responsabilidad frente a las deudas debe complementarse con mejores hábitos de planificación, ya que evitar endeudarse no es suficiente si no se cuenta con una organización adecuada del dinero disponible.
Otro aspecto relevante es que la familia aparece como la principal fuente de aprendizaje financiero para los estudiantes. Esto evidencia que muchas de las ideas, costumbres y prácticas relacionadas con el manejo del dinero se aprenden primero en el hogar, a partir de la observación y la experiencia cotidiana. Sin embargo, depender principalmente de la familia también puede generar diferencias entre los estudiantes, ya que no todos provienen de entornos donde se habla abiertamente sobre ahorro, presupuesto, créditos o planificación económica. Por ello, aunque el rol familiar es valioso, no debería ser la única vía de formación financiera para los jóvenes universitarios.
En contraste, los resultados muestran que la Universidad Científica del Sur no es percibida como una fuente fuerte de formación en educación financiera. El bajo puntaje obtenido en el ítem relacionado con cursos, talleres o charlas dentro de la universidad evidencia una oportunidad importante de mejora. La universidad, además de formar profesionales, también puede contribuir al desarrollo de habilidades útiles para la vida diaria. En ese sentido, sería conveniente implementar espacios formativos sobre presupuesto personal, ahorro, uso responsable del crédito, servicios financieros digitales y planificación económica, especialmente porque estos temas tienen impacto directo en el bienestar y la autonomía de los estudiantes.
Asimismo, se concluye que fortalecer la educación financiera en los jóvenes universitarios puede tener efectos positivos más allá del aspecto económico. Una mejor administración del dinero puede ayudar a reducir preocupaciones, evitar decisiones impulsivas, prevenir el sobreendeudamiento y mejorar la sensación de seguridad frente al futuro. En una etapa como la vida universitaria, donde muchos estudiantes empiezan a asumir mayores responsabilidades personales y económicas, contar con herramientas financieras básicas puede marcar una diferencia importante en su bienestar general y en su capacidad para proyectarse a largo plazo.
Finalmente, esta investigación permite reconocer que la educación financiera en los estudiantes de la UCSUR no parte desde cero, pero sí necesita ser reforzada de manera más práctica, cercana y constante. Los hallazgos muestran que los jóvenes tienen nociones importantes, pero aún requieren orientación para transformar esas nociones en hábitos reales. Por ello, se recomienda que futuras investigaciones trabajen con muestras más amplias y evalúen no solo la autopercepción de los estudiantes, sino también su conocimiento financiero objetivo. De esta manera, se podrían diseñar estrategias más precisas y útiles para responder a las necesidades reales de la población universitaria.
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